24/1/12

Otra Psiquiatría (3)

GENÉTICA Y ENFERMEDAD MENTAL

La psiquiatría actual, en su mayor parte, presume de ser biológica. Seguidora de un paradigma biológico (bio-comercial, decimos algunos), que no es en realidad tal, sino más bien neuroquímico y neurogenético. La vida mental humana, sana o enferma, se reduce, pues, a una cuestión de receptores sinápticos, neurotransmisores y genes que los determinan. Y es esta cuestión de la relación entre los hallazgos genéticos y las (llamadas) enfermedades mentales de lo que intentaremos hablar en esta entrada.

Digamos antes de nada que nosotros no creemos en entes inmateriales (alma, espíritu o como queramos llamarlos) como gobernantes o directores del cuerpo material. El ser humano es materia y nada más (ni nada menos) y no tenemos noticia de que nadie haya demostrado otra cosa. Luego esa materia, a nivel corporal y, concretamente, cerebral, puede tener como propiedad emergente lo mental, pero que no dejaría de ser una mera manifestación de lo físico. Como recurrente analogía, citaremos otra vez el ejemplo de la Tierra y la gravedad. Ésta es una propiedad plenamente material y física, aunque no se encuentra su esencia cavando en la tierra ni se explica la misma por la composición geológica del planeta.

El ser humano, material pues, se construye a partir de un código genético. Dicho código, diferente para cada individuo (excepto en los casos de gemelos homocigóticos), proporciona las instrucciones para la síntesis proteica a través de la cual el organismo posee una serie de características. No sólo referentes al aspecto físico o composición orgánica, sino a predisposiciones a diferentes eventos vitales (considerados morbosos o no) y, como decían ya los antiguos, un cierto temperamento. Como opinará probablemente cualquier persona que haya tenido hijos, cada bebé tiene una cierta forma de ser desde el minuto uno del nacimiento (y posiblemente también antes). Y conste que no pretendemos restar ni un ápice de importancia a factores como la educación, la crianza o las relaciones familiares. Precisamente porque creemos que estos factores son a su vez determinantes en el desarrollo de la persona es por lo que los gemelos idénticos (iguales genéticamente al 100%), luego no son iguales al 100% ni físicamente ni, si se nos permite la palabra, psíquicamente. Por ejemplo, los estudios más defensores del papel genético de la esquizofrenia no llegan a una concordancia del 50% para gemelos homocigóticos.

Así pues, tenemos una carga genética que determina una serie de características a nivel físico y, posiblemente, psíquico, entendidas como temperamento. Ya que, en nuestra opinión, dicho temperamento basal nada tiene que ver con almas o espíritus inmateriales, sino con la organización corporal y cerebral de ese organismo, ordenada por su estructura genética. Luego vendrá la vida, a hacer y deshacer, pero siempre sobre la base de lo que es dado ya en el nacimiento.

El paradigma biológico en Psiquiatría defiende una causalidad biológica para las enfermedades mentales (la defiende, pero aún no la ha encontrado, salvo que recurra a la trampa habitual de mezclar enfermedades neurológicas con psiquiátricas y cite la demencia, el Parkinson o la neurosífilis...). Y, en muchos casos, se busca dicha causalidad a nivel de hallazgos genéticos en poblaciones de pacientes (ya que los neurotransmisores ya no dan más de sí y no hay forma de mantener la hipótesis dopaminérgica si pensamos en la clozapina o la hipótesis serotoninérgica si ha caducado al patente del Prozac y hay que promocionar los duales...). Es decir, parece que el pensamiento psiquiátrico biológico viene a ser: demostremos un origen genético de tal enfermedad y habremos demostrado la causalidad biológica, y por lo tanto la existencia, de dicha enfermedad biológica.

El argumento vendría a ser así:

1.- Tenemos pacientes a los que diagnosticamos la enfermedad mental X.

2.- Estudiamos su código genético en comparación con pacientes con otras enfermedades y con controles (ya saben que todos, todos, todos, los estudios científicos actuales en psiquiatría son tan metodológicamente correctos como esto).

3.- Encontramos que hay un gen, o un grupo de ellos, que se asocia con los pacientes y no con los grupos controles (también sería importante que dicha asociación existiera en un porcentaje amplio de pacientes, para no dar pábulo a estudios vergonzosos como éste).

4.- Por lo tanto, la enfermedad está causada genéticamente, es de naturaleza biológica, y quien defienda lo contrario es un antipsiquiatra sin redención.

El problema es que este argumento, desde el punto de vista lógico, es tramposo.

Y la trampa está en que en ninguno de sus pasos se ha demostrado que la entidad X sea realmente una enfermedad. Porque tal demostración es imposible, ya que los genes son entidades biológicas, pero las enfermedades son constructos socioculturales (basados o no en determinadas características biológicas). Desde un punto de vista epistemológico, no puede demostrarse que algo sea una enfermedad porque tenga o deje de tener un origen genético.

El concepto de enfermedad es sumamente problemático y ya alguna vez hablamos acerca de ello. En líneas generales, se podría aceptar que enfermedad sería aquella condición biológica que ocasiona una disminución en la calidad o cantidad de vida, o diversos tipos de molestias, dolores, malestares o repercusiones. Por ejemplo, el sarampión es una enfermedad, porque ocasiona unos síntomas, un riesgo de complicaciones y se debe a un agente infeccioso. Y por parte de muchos psiquiatras infantiles (curioso doble significado, por cierto), el TDAH es una enfermedad, porque ocasiona unos síntomas, un riesgo de complicaciones y se debe a una predisposición genética.

Pero esta analogía también es tramposa, porque el sarampión produce síntomas objetivables con independencia del contexto sociocultural, como fiebre, erupción cutánea, etc. Mientras que el conjunto de síntomas que llamamos TDAH se consideran enfermedad en los manuales de psiquiatría de 2011, pero no están recogidos en ningún apartado de manuales de psiquiatría de los años 70, como el de Ajuriaguerra o el Compendio de Psiquiatría de Kaplan de 1975. Es decir, el TDAH se conceptualiza como enfermedad por una determinada cultura (y, como todo en la vida, en base a determinados intereses, conscientes e inconscientes, por parte de los múltiples agentes involucrados), pero tal conceptualización es una condición a priori no demostrada por medio de ningún dato objetivo (como serían la fiebre o las lesiones cutáneas en el sarampión). Cuando éramos pequeños disfrutábamos leyendo las aventuras de Zipi y Zape, que eran dos niños muy traviesos que hacían la vida imposible a sus padres y maestros. Hoy en día los dos tendrían un diagnóstico de TDAH, un certificado de discapacidad y un tratamiento crónico con psicoestimulantes y posiblemente neurolépticos.

Y, según el paradigma médico, la enfermedad debe ser una condición biológica. Es decir, un proceso biológico con una causa biológica. O llegaríamos a absurdos tales como considerar la pobreza o la exclusión social, tan dañinas por otra parte, como enfermedades (o bien a considerar enfermedades constructos tales como el oposicionismo o la antisocialidad...). Pero, evidentemente, no toda condición biológico con causa biológica (genética o no) es una enfermedad. El hecho biológico es objeto de la ciencia natural, pero el acto de definir un hecho biológico como enfermedad o no, es un acto cultural, objeto por tanto de las ciencias sociales.

En este orden de cosas, el razonamiento desde los puestos de la psiquiatría biológica es que, si encuentran la causa genética del TDAH (cosa que no se ha hecho, aunque algunos lo vayan anunciando antes de tiempo) o de cualquier otra enfermedad mental (cosa que tampoco se ha hecho), ello demostraría de hecho la existencia de dicha enfermedad.

Pero este razonamiento es mentira.

Porque encontrar la causa genética de algo no demuestra en absoluto que ese algo sea una enfermedad.

Ser pelirrojo implica poseer determinado patrón genético y se hereda de forma clara. Pero ser pelirrojo no es una enfermedad.

El código genético implica una determinada configuración en el organismo humano. A lo mejor, implica que si cambia una base en el DNA, se sintetizará la hemoglobina con un aminoácido diferente y los glóbulos rojos tendrán una forma distinta que provocará su rotura en los vasos, con la consiguiente anemia falciforme. Está determinada genéticamente. Pero que sea una enfermedad no viene demostrado por su causa genética sino por el hecho clínico de que la cifra de hemoglobina disminuye y ello supone una serie de síntomas y riesgos físicos.

El código genético implica una determinada configuración en el organismo humano. A lo mejor, implica un temperamento más exaltado e inquieto, más tendencia a la distraibilidad (por no hablar del sin duda clave papel que la educación del niño y sus circunstancias sociales y familiares juegan en todo ello). Pero si encontramos un gen o varios que determinan ese temperamento, ello en absoluto demuestra que tal temperamento sea una enfermedad, Es nuestra cultura la que escoge que los niños deben estar quietos y atendiendo para no ser considerados enfermos (pero no demasiado, o les consideraremos depresivos). Y para lograr esa socialización, por otra parte imprescindible en el ser humano, se escoge la desrresponsabilización de todos: niños, padres, maestros y sanitarios... Mal camino, nos parece. Hace poco, el Ministerio de Sanidad nos obsequió con la noticia de que uno de cada cinco niños y adolescentes de este país era un enfermo mental necesitado de tratamiento. Entendemos que la campaña por la creación de la especialidad de psiquiatría infantil está en su apogeo pero aún así, tal noticia, sin datos de ningún estudio epidemiológico que la avale ni remotamente, nos parece no sólo falsa y absurda, sino directamente dañina para la opinión pública y la sociedad que poco a poco (o mucho a mucho) vamos creando entre todos. Conseguiremos acabar con el estigma de la enfermedad mental sólo al precio de ser todos enfermos y estar ya todos bajo tratamiento.

Pero volvamos al tema de hoy, que el cabreo nos hace dispersarnos...

Hay hechos biológicos de origen no genético que se consideran enfermedades, como el sarampión.

Hay hechos biológicos de origen genético que se consideran enfermedades, como la anemia falciforme.

Hay condiciones genéticas que son consideradas enfermedades, como la corea de Huntington.

Hay condiciones genéticas que no son consideradas enfermedades, como el hecho de ser pelirrojo.

Una cosa es que un determinado evento sea de origen genético, lo cual sólo puede ser cierto o falso, y otra cosa es que tal evento sea considerado una enfermedad, lo cual está sujeto a opinión y a cambio, según la evolución de una determinada cultura. Por ejemplo, hoy en día mucha gente defiende la no consideración del síndrome de Down como una enfermedad, sino como una diferencia frente al patrón común. Pero nadie discute su origen genético.

En fin, que a la hora de hacer ciencia (cosa que creemos importante, aunque luego nos acusen de antipsiquiatras) hay que saber un poquito de epistemología y diferenciar niveles. Porque si no, identificamos genética con enfermedad y podemos acabar medicando a los pelirrojos por considerarles enfermos, ya que tienen un patrón genético como causa de su diferencia...

No hace tanto tiempo que los psiquiatras considerábamos una enfermedad a la masturbación y enfermos a los homosexuales, o sea que esto del constructo de enfermedad a lo mejor no va a ser algo tan fiable como nos gustaría creer...


Jose Valdecasas
Amaia Vispe

11/1/12

Otra Psiquiatría (2)


AD INFINITUM

“Nadie cree actualmente que la Esquizofrenia, los Trastornos del estado de ánimo, o incluso los Trastornos de la personalidad, no poseen un sustrato biológico. De hecho, la perspectiva del DSM-IV (y DSM IV-TR) es que todos los trastornos del manual tienen, al menos, algún componente biológico y que todos ellos, incluyendo los de esta sección, también son influidos por factores psicológicos y ambientales” (Descubriendo el maravilloso mundo del DSM en Estudio de Casos. Guía clínica para el diagnóstico diferencial. DSM-IV-TR.). He de asegurarles que yo también creo firmemente que los trastornos mentales descritos en los DSM tienen un sustrato biológico. También creo que el Barça tiene un sustrato biológico y si me apuran, químico. Y la ensaimada, la paella, y el chocolate.

¿Es que hubo algún momento de la historia en que se pensara que algún trastorno padecido por animal mas o menos racional no tuviera sustrato biológico?. En la primera versión del DSM, nuestros antepasados, en su ignorancia, llegaron a insinuar, introduciendo el concepto de “reacción”, que determinados trastornos eran resultado de cosas que le pasaban a la gente en sus vidas. Afortunadamente hemos avanzado mucho desde entonces, y ese término desapareció en las siguientes versiones. Es que la ciencia avanza que es una barbaridad.

¿Acaso se puede dar un trastorno psicológico sin sustrato biológico? No. Solo en la ciencia ficción. Recordemos 2001, Odisea en el Espacio, donde el ordenador Hal acaba con parte de la tripulación de la nave que gobernaba. Aunque claro, podríamos achacar el problema al sustrato físico. O a la simple maldad del ordenador, que persiguiendo sus fines no se pone limitaciones. También en el mundo de Asimov, los Robots podían sufrir trastornos, en este caso, cuando llegaban a un bucle sin fin, o un callejón sin salida en su programación. Este último ejemplo es interesante, puesto que los robots acababan dañados físicamente por un problema de programación.

A mi me parece que, como en tantas y tantas ocasiones, podemos estar cayendo en las trampas del lenguaje. Si, las trampas de planteamientos del tipo, “me rendí de rendirme”, o “¿puede Dios que es todopoderoso crear una piedra que el mismo no pueda levantar?”. Según mi punto de vista no hay una separación entre lo biológico y lo psicológico. Están íntimamente relacionados uno con otro, por lo que el comentario que encabeza este texto me sobra a nivel informativo, salvo que me quieran a continuación “vender” otra serie de planteamientos y/o productos. ¿Hay una base, un origen, una etiología biológica, o bioquímica, en la mayor parte de los trastornos mentales?. Absolutamente NO, y esta es la trampa del lenguaje. Creo que en la mayor parte de los trastornos psicológicos, la base etiológica pertenece a un nivel de análisis absolutamente distinto. ¿Que tiene correlatos biológicos, bioquímicos, y físicos?. Por supuesto. Y por supuesto, esos cambios luego van a producir también a su vez toda una cascada de cambios que se van a desencadenar a posteriori y en todos los niveles de análisis.

De esto, se deduce inmediatamente que la intervención temprana evitaría (según como se intervenga, porque me parece que a veces es peor el remedio que la enfermedad) que a medio y largo plazo los cambios desencadenados a todos los niveles acabarán produciendo un artefacto irreconocible e imposible de relacionar con los primeros cambios producidos. De esta misma forma, si como ocurre en ocasiones, aún existiendo ese artefacto, las condiciones cambian, la vida de la persona cambia, porque cambian las circunstancias, es posible que esto desencadene cambios en la biología, en la química, y en la física, que haga que a su vez la cascada de acontecimientos se revierta. Ahora bien, es mucho más simple tratar de alterar la química. El problema es que esto también produce estos cambios a todos los niveles, es decir, introducimos una variable que dota de una mayor complejidad a todo el problema.

¿Estoy diciendo que estoy en contra de la medicación?. Lean atentamente el párrafo anterior. No. Creo que podría optimizarse su uso, cosa a la que no ayuda mensajes como el que encabeza este texto. Y creo en el derecho a la información veraz.

Es ridículo, estúpido, necio, absurdo, y perverso reducir lo que una persona siente a las sustancias químicas que segrega, aún siendo consciente de que sin ellas no podría sentir lo que siente. Sé que algunos de ustedes no estarán de acuerdo. Se alinean por tanto con el Alquimista que busca un bebedizo para que su amada se enamore sólo con verle.
Otros me hablarán de Gazzaniga, y de cómo los individuos con determinadas lesiones cerebrales, aún siendo imposible, se atribuyen la responsabilidad de sus conductas, y buscan explicarlas en términos de esa responsabilidad. ¿Eso también es química o es un factor, elaborado con palabras, y sólo posible por tanto en el mundo humano y simbólico, llamado necesidad de control?¿hay algo más terrorífico que llegar a la conclusión de que uno mismo hace cosas que no quiere hacer?¿es esta conclusión también reductible a la química?. ¿Las necesidades son química, biología o matemática?.

El lenguaje, ¿tiene también un sustrato biológico?. Un libro para un Koala es una cosa blanca llena de cagaditas de congénere. Para un humano, es “El Túnel” “Romeo y Julieta” “Crimen y Castigo” y “Estudio de casos del DSM-IV-TR”. Creo que no se puede separar el sustrato biológico de la psicología, de la misma forma en que no se puede poner en un puesto de trabajo a una media persona. El problema acaba siendo entonces dónde se pone el peso de la intervención. Y el peso, en nuestra área de trabajo, no debería de depositarse en la bioquímica si estamos de acuerdo en que las personas sufren con lo que les ocurre y que ese sufrimiento y su expresión es lo que llamamos trastorno mental. Hay que tratar con la vida de la gente, con sus condiciones, con sus miserias, y con su margen de maniobra y responsabilidad. No se puede jugar en la playa sin llenarse de arena, salvo que pretendamos que todas las playas sean de piedra.

Ahora bien y llegados a este punto, me gustaría informar al lector de que el que escribe estas líneas es un ser que navega en un mar de dudas, que ha llegado a acostumbrarse a surcarlo, por lo que la sensación de vértigo ya no le produce alarma. Simplemente la acepta como algo connatural al lío mayúsculo en el que se ha metido solo, con las decisiones que ha tomado en la edad de la ignorancia (Kundera dixit).

Creo, y es una creencia, que un comportamiento, una actitud, un sistema, una idea, no sobrevive y prevalece, si no está plagado de ventajas, más o menos evidentes y en su más amplio sentido. Así pues, siguiendo esta premisa, el biologicismo imperante en la psiquiatría y en la psicología (sí, también en la psicología!!!) tiene que tener una serie de ventajas respecto a otros planteamientos, así que voy a tratar de enumerar aquí algunos.

Se me ocurre en primer lugar, que algunas personas en crisis son un auténtico latazo para cualquiera que se cruce con ellas. Si además resulta que estás involucrado emocional o sentimentalmente con ellas, entonces seguramente tu también entrarás en crisis con la diferencia de que no tendrás ningún margen de control de la situación, salvo el desaparecer una temporada y esto, aunque fuera posible a nivel práctico, a nivel emocional, precisamente porque tienes un vínculo, no suele ser viable.

En este punto, he de pedir disculpas a todos aquellos que se sientan agraviados, molestos, irritados o aludidos, especialmente a los que son mis amigos . Lo lamento, pero es como me he sentido en las ocasiones en que me ha sucedido algo al respecto con alguien en ese estado, en mi vida personal. Miedo, confusión, agobio, enfado, cansancio, y un largo etc...Pero he aquí que llega la psiquiatría biologicista y nos dice a todos los implicados que esa persona a la que queremos o apreciamos, está enferma, no es responsable de nada de lo ocurrido, y que lo que necesita es tratamiento. Además, resulta que con el tratamiento, efectivamente deja de molestar, y tú vuelves a estar bien. Claro, sólo en situaciones donde esa persona no sea muy íntima, en cuyo caso, te darás cuenta de que por ahora no va a molestar porque ha desaparecido (voy a ser provocador, y de las desventajas de esta opción no voy a hablar en este texto).

Siguiendo por esta senda, la familia, amigos, vecinos y otras personas del entorno, dejan de sufrir los inconvenientes de estar próximos a esa persona en crisis que además manifiesta su sufrimiento de una forma tan molesta. Por supuesto, con la solución, se entiende implícitamente que la persona no está en crisis, que las decisiones que toma o ha tomado durante años, no tienen nada que ver, y que simplemente se ha enfermado de la misma manera que si se hubiera contagiado de fiebres tifoideas.

Resumiendo este punto: solución rápida, eficaz e inmediata para un problema serio y complejo. El problema solucionado, por supuesto, es las molestias ocasionadas a todo el entorno. Entiendo que esto no es totalmente así. A pesar de la medicación, o debido precisamente a ella, los problemas suelen repetirse en el tiempo. Este tipo de solución, genera agradecimiento en las personas que ahora sienten que hay un norte y que alguien controla la situación (también sé que esto no es totalmente así).

No es desdeñable el beneficio económico. Sin intención de cansarles aquí con cifras ya que para eso hay otros profesionales por ahí, haciendo muy buenos trabajos al respecto, me gustaría limitarme a señalar el hecho de que buena parte de los diez fármacos más lucrativos para la industria farmacéutica, son utilizados habitualmente en los servicios de psiquiatría de todo el mundo. Hasta tal punto se ha llegado, que existen desde hace décadas, clínicas dedicadas a la desintoxicación de psicofármacos. Más grave aún es el hecho de que muchos de esos fármacos se nutren de un, relativamente nuevo, nicho de mercado en este área, el infantil. Así pues, para el sistema es una enorme ventaja el disponer de consumidores ad infinitum de sus productos, y desde edades cada vez más tempranas. Por supuesto, todos los implicado en las “operaciones”, también resultan beneficiados de una forma más o menos directa, por el lucro de la industria, sus investigaciones sesgadas y por tanto, sus conclusiones tramposas.

El beneficio para las empresas también es importante, pero mucho más complicado de valorar. Un trabajador estresado, es un trabajador que ha enfermado, y que con su tratamiento podrá volver al trabajo. Aquí los psicólogos hemos ayudado bastante, con nuestro gusto por las palabrejas técnicas que nos dan lustre y esplendor. El valor del estrés como enfermedad o trastorno, que justifica un tratamiento, caería en picado si manipulando cualquiera de las variable implicadas en el problema, y sin tocar para nada la bioquímica, consiguiéramos que esa persona que trabaja, dejara de estar casi de forma inmediata, estresada. Cambiamos al jefe gritón, o le subimos el sueldo al trabajador de forma que se sienta bien pagado, o dotamos de sentido y de valor a lo que hace, o le procuramos una conciliación familiar-laboral realmente conciliadora, o ponemos personal de apoyo cuando hace falta y no permitimos que esa persona cargue sola con el peso de la empresa.....Si hacemos esto y la persona “se cura”, ¿dónde está el estrés?¿dónde está la enfermedad? Obviamente, soy consciente de que el medicar al trabajador es mucho más barato y beneficioso para el sistema (con buenas intenciones, con ética y con valores no se compra nadie una televisión de plasma, ni un BMW). Así pues, y resumiendo nuevamente: el trabajador estresado vuelve a trabajar medicado, posiblemente y también ad infinitum. Puede ocurrir que ese mismo trabajador medicado acabe suicidándose (véase el caso France Telecom), pero aquí realmente pierdo el hilo y no se si el sistema gana o pierde, aunque es evidente que las funerarias forman parte del sistema y los abogados también.

El punto más delicado de lo que pretendo decirles, es el referido a la propia persona en crisis, a la persona diagnosticada y en definitiva, a la persona que sufre. Habitualmente, una parte de su rehabilitación, o al menos, parte de los esfuerzos dedicados a ella, consiste en que asuma o que tenga lo que se ha dado en llamar “conciencia de enfermedad”. Esto se hace tanto en los casos en que la enfermedad consiste en robar cosas innecesarias (cleptomanía), en esnifar cocaína, o en jugar a la ruleta (ludopatía). También en la esquizofrenia, el trastorno bipolar o la hiperactividad.

Con la conciencia de enfermedad viene la obligatoriedad de realizar un determinado tratamiento, ya sea conductual o farmacológico, ya que si no se cumple con esta prescripción, además de poder ser diagnosticado con una nueva enfermedad, con seguridad se volverá a recaer, con la terrible consecuencia o amenaza de un deterioro, también, ad infinitum. A mí, esta actitud de determinados profesionales y/o equipos de profesionales y/o planteamientos etiológicos/terapeúticos, hacen que automáticamente piense en Dante y en Perelman. No voy a negarles que para mi disgusto, también pasa por mi cabeza la más popular figura de Joseph Aloisius Ratzinger.

La enorme ventaja del planeamiento psiquiátrico más biologicista para los problemas de salud mental (vamos a llamarlos así, y vaya usted a saber que es eso de “salud mental”, que no es lo mismo que “salud cerebral”), es que la persona sólo tiene que hacer lo que dicen los profesionales, seguir el camino que se les ha marcado, dejarse cuidar, y tratar de asumir que su margen de responsabilidad sólo llega hasta ahí. Nada tienen que ver las decisiones que se toman o se han tomado hasta ese momento, y no hay nada personal en el problema, todo es bioquímica, cerebro y enfermedad. Esto, por supuesto, evita incómodos cuestionamientos, incómodos esfuerzos, e incómodas incertidumbres, por supuesto, ad infinitum.

Como conclusión, me gustaría llamarles la atención sobre un hecho que se deduce fácilmente de la lectura de estas líneas: todos los actores implicados en el problema de salud mental (que vaya usted a saber que es eso) de una persona X en un momento determinado de su vida T, obtienen importantísimos beneficios, más o menos evidentes, del planteamiento, de la forma más extendida de entender los problemas de salud mental (q.u.s.q.e.e) por parte de la psiquiatría y de la psicología (sic¡¡¡).

En otra ocasión, les expondré si me lo permiten, los serios inconvenientes que para algunos de los actores implicados, fundamentalmente para el actor protagonista, tiene esta opción.

 

"Madre Teresa de Calcuta a un enfermo terminal de cáncer.-  hijo mio todos esos dolores y padecimientos en realidad son besos del Señor...
Enfermo.- pues dígale al señor que deje de besarme, por favor."

 

Jesús Castro Rodríguez

Psicólogo Especialista en Psicología Clínica
Grupo GP de Servicios Psicológicos

 

9/1/12

Otra Psiquiatría (1)

 

"El delirio es una tentativa de curación, y la persecución, la única compañía del paranoico". Lo dijo Sigmund Freud y se trata de una afirmación en la que los profesionales que practican la Otra psiquiatría creen a pies juntillas. Se distancian del maridaje actual entre la psiquiatría y la farmacología y defienden que los pacientes son sujetos singulares a los que es necesario guiar. En definitiva, defienden la revitalización y extensión del ahora tan polémico psicoanálisis partiendo de su ejercicio en las instituciones públicas sanitarias.

Sigmund Freud revolucionó la clínica psiquiátrica, que durante la primera parte del siglo pasado se ocupó de la estructura de la locura y de buscar sus causas. Sin embargo, hoy el discurso farmacológico ha logrado imponerse y los pilares de la psiquiatría son el tratamiento biológico y la terapia cognitivo conductual. La receta de la Otra psiquiatría consister en combinar los fármacos con un tratamiento oral, que devuelva al demente su individualidad y la responsabilidad sobre su locura.

"En la Otra psiquiatría confluye la amistad, el interés por el estudio de la psicopatología psicoanalítica y el trato con el loco. No es ninguna asociación, no tiene miembros ni socios", describe José María Álvarez, especialista en Psicología Clínica del Hospital Psiquiátrico Doctor Villacián, de Valladolid, escritor y uno de los mentores de este movimiento. "Nuestro punto de vista -continúa- es que dentro de cada loco hay alguien que trata de reequilibrar su locura. Por tanto, no es un ente abstracto, sino un sujeto singular al que hay que guiar y apoyar en su propio trabajo de recuperación".

La clave de este pensamiento y de esta manera de trabajar es que el loco es responsable de su locura y de aceptar ayuda . "Nosotros defendemos que se puede generalizar la oferta porque son pacientes graves pero pueden elegir. De todas formas, muchas veces no quieren; yo soy psiquiatra de la Seguridad Social en Vigo y recibo 20 pacientes al día, de los cuales la mayoría sólo quieren pastillas", explica Pepe Eiras, psiquiatra del Complejo Hospitalario Universitario de Vigo (Chuvi). José María Álvarez matiza: "Hay dos tipos de tratamiento: uno busca que la gente siga dormida y no piense en nada, y otro intenta que despierte y sepa algo de lo que le pasa. Nosotros creemos que esta segunda vía es la mejor, pero respetamos a los que no quieren saber nada".

Historia del movimiento

Las personas vinculadas a la Otra psiquiatría son psicoanalistas, psiquiatras y psicólogos clínicos que trabajan en servicios públicos de Salud Mental. Orientados por la enseñanza de Lacan, estos especialistas apuestan por la revitalización y extensión del psicoanálisis en las instituciones públicas sanitarias. El movimiento surgió hace unos años en el Hospital Doctor Villacián, de Valladolid. Junto a José María Álvarez, desempeñaron un papel muy relevante Fernando Colina y Ramón Esteban. En 2004, la iniciativa superó el ámbito local cuando se sumaron Pepe Eiras y Chus Gómez, actualmente jefa de sección del Hospital Doctor Cabaleiro Goás, de Toén (Orense), una de las instituciones públicas españolas en las que se ha implantado un método diferente.

No al antojo comercial

Estos especialistas opinan que la psiquiatría actual gira en torno al positivismo científico y que ha dado la espalda al deseo de saber sobre la locura, enterrando la curiosidad y despreciando la inteligencia. A su juicio, hoy la industria farmacéutica dicta a su antojo comercial las vicisitudes y el modelo de los síntomas. "No es que aquí hagamos psiconálisis, sino que la escucha psicoanalítica orienta el trabajo en equipo", aclara Chus Gómez sobre los métodos del hospital psiquiátrico de Orense. Se trata de un abordaje que respeta la particularidad de cada persona, que no se queda en la superficie sino que se adentra en la historia vital del paciente. Gómez explica cómo se trabaja en Toén: "Mi escucha está orientada por el psicoanálisis. Tratamos de insertar la biografía del paciente en lo que ocurre, de hablar, de escuchar; intentamos el trato, el pacto".
Cuando hablan de resultados, no tienen dudas: "A nivel estadístico, algunos estudios internacionales indican que con este tipo de terapia -fármacos más tratamiento por la palabra- los resultados son un 50 por ciento mejores", asegura Pepe Eiras.
Uno de los principales beneficios "es que el paciente está más conforme consigo mismo, sufre menos y sus síntomas le permiten vivir mejor", añade José María Álvarez. También aumenta su capacidad de relacionarse con los demás haciendo posible su salida de un centro psiquiátrico. Sin embargo, Gómez advierte de que "no todos los pacientes pueden hacer algo con su locura”. En este sentido, Eiras resalta que estas terapias requieren de un mayor compromiso por parte de los enfermos, lo que no es fácil de conseguir.
De todos modos, la práctica de la Otra psiquiatría se traduce no sólo en el estado de los pacientes sino en la dinámica de las instituciones y en el ambiente que se respira cuando se cruza la puerta de entrada. "Toén es hoy un hospital psiquiátrico moderno", insiste Eiras. Salvo las rejas colocadas en las ventanas, nada hace recordar el rancio ambiente de esos viejos psiquiátricos tantas veces llevados al cine en este complejo abierto en 1959 y en cuyo recorrido las sensaciones no distan mucho de las que surgen cuando se transita por cualquier centro hospitalario.

Como en otras muchas instituciones psiquiátricas, Toén se regía en el pasado por un discurso cerrado, resistente al cambio y apegado a las normas. La influencia de la Otra psiquiatría ha provocado un giro que posiblemente ya no tiene retorno. "Los pacientes están más apaciguados y vivos; la institución se ha dulcificado", confiesa satisfecha pero con discreción Gómez, quien no tiene dudas de que el ambiente hospitalario tiene una repercusión en los enfermos.

Pero existen cifras y datos concretos. Los pacientes necesitan menos medicación y, por ejemplo, en el último año la institución orensana ha ahorrado 20.000 euros en fármacos. Se pueden externalizar un número considerable de pacientes y, de hecho, en los últimos doce meses han abandonado el hospital alrededor de 30 personas, algunas con 10 y 15 años de antigüedad; el caso más llamativo es el de un paciente que llevaba viviendo entre estas paredes 39 años. Prácticamente han desaparecido las contenciones mecánicas y se han reducido tanto los reingresos como los pasos al acto (intentos de fuga, consumo tóxico, etc.).

"Los pacientes toman sus propias decisiones"
Alcira Cibeira es una psiquiatra joven que hace dos años terminó su residencia en el Servicio de Psiquiatría del Complejo Hospitalario de Orense. Como los demás, en ese período de aprendizaje realizó una rotación de cuatro meses en Toén. "Todo el mundo trataba de que el mes de vacaciones coincidiese con esta rotación y estar lo menos posible aquí", reconoce esta especialista que ahora forma parte del equipo de psiquiatría de este centro. "Yo pensaba en pacientes crónicos, no rescatables, así que cuando Chus Gómez me llamó para que me incorporase al proyecto dije que no", recuerda. Pero cambió de opinión: "Me sorprendió su manera de trabajar, me quedé alucinada con su forma de tratar a un paciente conflictivo".Cibeira asegura que se han producido muchos cambios, algunos muy sutiles y otros muy radicales: "Desde que algunos pacientes dejaron de beber de manera compulsiva hasta que ahora ellos toman sus propias decisiones, tienen más margen de maniobra". Hay que destacar que la Otra psiquiatría es una iniciativa con una vocación docente, ya que en los servicios hospitalarios de las instituciones públicas se forma a futuros especialistas en Psiquiatría y Psicología Clínica (MIR y PIR). Así, el Hospital Cabaleiro Goás imparte un seminario de psicoanálisis cada dos semanas, en el que participan prácticamente todos los residentes del área de Orense y también de otras áreas sanitarias próximas.

'Loco' describe una manera de entender el mundo
Los profesionales vinculados a la Otra psiquiatría abogan por la recuperación de algunos términos, una muestra más de una concepción distinta de la Psiquiatría. Siempre se refieren a sus pacientes como "locos" porque defienden que es una palabra muy digna que atribuye a la persona una manera de entender el mundo. "Hablamos de loco, pero no en sentido peyorativo, sino para devolverle su dignidad", explica Chus Gómez.
Lo mismo ocurre con "histeria". José María Álvarez recuerda que es uno de los términos médicos y clínicos más antiguos de la historia de la humanidad y que el lastre que tiene de injurioso ha acabado con el concepto. "Sin embargo, es un término muy específico y que tiene una utilidad clínica indudable. Histeria quiere decir insatisfacción y la apuesta de una persona por seguir insatisfecha. Es una palabra que no tiene nada que ver con estar de los nervios o con que la vida te desborde y te pongas a gritar".
María Lagoa, Vigo
Extraido del Diario Medico del 28/07/2008 

20/12/11

Respuesta de la AEN frente al TAI

La Asociación Española de Neuropsiquiatría muestra su claro desacuerdo con la noticia, difundida la semana pasada por Servimedia, en la que se afirmaba que “Los psiquiatras abogan por el tratamiento forzoso de pacientes graves”, y en las que se recogían unas declaraciones del presidente de la SEP, el Dr. Jerónimo Saiz a favor de un cambio legislativo que regule el tratamiento involuntario de los pacientes con trastornos mentales graves.
          En enero de 2009 elaboramos un escrito en el que se realizaba un análisis de las distintas propuestas que se habían producido en relación a la legislación del tratamiento ambulatorio involuntario y se argumentaba porqué la AEN se oponía a que se realizara una legislación específica en el ámbito civil destinada a regular el TAI para los enfermos mentales. Esta argumentación queda reflejada en el documento que se adjunta, pero en síntesis puede resumirse en:

· El Retroceso Legal que supondría la aprobación del Tratamiento Ambulatorio Involuntario.
· La Restricción de Derechos que ello supone.
· La Alianza Terapéutica como eje fundamental del tratamiento.
· Distraer la atención de los elementos relevantes para implicar en su tratamiento a las personas con trastornos mentales graves, que son, además del trabajo de la alianza terapéutica, la disponibilidad de servicios y equipos de tratamiento que trabajen asertivamente en la comunidad.

Desde el punto de vista técnico profesional, los análisis de las experiencias existentes en el mundo anglosajón (USA, Reino Unido, Australia, Nueva Zelanda, Canadá, Israel,…) son claramente contradictorias. En la Revisión Cochrane (2006) sobre el Tratamiento Obligatorio en la Comunidad (por orden judicial) y el Tratamiento Ambulatorio no Voluntario para personas con trastornos mentales graves, las conclusiones muestran que “no se han encontrado pruebas que sugieran que el tratamiento obligatorio en la comunidad puede constituir una alternativa a la atención estándar”. Señalan además como la legislación en esta área puede ir en detrimento de intervenciones más beneficiosas para las personas con trastorno mental grave como el Tratamiento Asertivo Comunitario o el Case Management Intensivo, que han demostrado su eficacia en revisiones sistemáticas, pero que son más costosas”. Así mismo, las evaluaciones publicadas sobre experiencias como la Ley Kendra son metodológicamente poco rigurosas, ya que carecen de grupo de control, y no distinguen el efecto que supone que la medida legal tiene que ir acompañada necesariamente de la financiación de la provisión de servicios integrales, la mayoría de las veces del tipo de Tratamiento Asertivo Comunitario.

En este mismo sentido, el documento elaborado desde la confederación FEAFES de asociaciones de familiares y personas con enfermedad mental, y la contestación a la noticia mencionada, se pronuncia en un sentido similar, resaltando que lo realmente relevante y necesario es la provisión de unos servicios integrales adecuados y suficientes para garantizar la atención individualizada de las personas con trastornos mentales graves.

En consecuencia, la AEN reitera su total oposición a cualquier cambio legislativo en este campo, y quiere señalar que los esfuerzos de las Administraciones deben centrarse en garantizar la existencia de unos servicios comunitarios integrales adecuados y suficientes para las personas con trastornos mentales graves.

Maria Fe Bravo Ortiz
Psiquiatra. Presidenta de la AEN

19/12/11

Otro artículo contra el TAI

          Otro artículo contra el Tratamiento Ambulatorio Involuntario, eufemismo políticamente correcto de MEDICACIÖN FORZOSA CONTRA LOS ENFERMOS MENTALES.

          Además de persona diagnosticada de cosas que empiezan por "esquizo", y entre otras cosas, me considero investigadora. Cierto que la fiabilidad y validez de mis estudios no son excesivemente altas en términos positivistas, desde el enfoque metodológico cuantitativo. La población estudiada se reduce a mi persona, y algunos amiguetes con quien he tenido el placer de charlar durante los últimos años. Pero si movemos un poco el enfoque, y si tenemos en cuenta que a las ciencias sociales (y creo que las ciencias que tratan del sufrimiento psíquico humano lo son)el positivismo, y ya no digamos el biologicismo, les acaba por quedar escaso, más pronto que tarde.

          Así que desplazamos el enfoque y nos acercamos a métodos más cualitativos, subjetivos incluso, ya no es un crimen hablar de subjetividad en psicología. (Porque si no hablamos de subjetividad en psicología, ¿de qué pretendemos hablar?). Desde un punto de vista más cualitativo, se me ocurren cosas. Por ejemplo pensar en la cantidad de brotes-viajes-emergencias-desterritorializaciones, y los nombres que se os ocurran, que me tocó experiemntar durante los últimos diez años, así a bulto. De lo que aprendí con ellos, y sobre todo acerca de ellos. Que remiten, que se identifican con un poco de experiencia, que como mejor se pasan es con cariño y sin alarma. Que tienen sus días super duros y que en algunos de estos no me hubiera importado empastillarme un poquito sino fuese porque sé que la mayoría de psiquiatras no acaban de entender lo de un poquito (de cantidad, de tiempo...), y no apetece discutir con ellos, y menos en pleno viaje donde no me fío ni de mi madre.

          A veces se aprende de la negación, de no saber nada excepto lo que no se quiere. Y yo no quiero la versión oficial, yo no quiero que me engañen diciéndome que lo que me pasa es crónico, y discapacitante, porque no es cierto. En mi caso no es cierto. Y si no es cierto en mi caso, puede no serlo en tropecientos casos más. Y si a mí me funciona este sistema, puede funcionarle a muchísimas personas más. Y si funciona en Finlandia, con el señor HAIKKULA y otros muchos que alguien irá poniendo en los comentarios, puede funcionar aquí. Y para eso hace falta investigación, y para investigar hace falta valor. Valor en la apuesta financiera, pero valor también en la apuesta epistemológica, valor en las connotaciones éticas de lo que se investiga, valor para afrontar riesgos y eliminar sufrimientos de la forma menos agresiva posible. ¿Qué sentido tiene cambiar un sufrimiento por otro? ¿Qué sentido tiene que se anuncie una medida como el TAI, supuestamente terapéutica, y a nosotros los diagnosticados se nos pongan los pelos como escarpias sólo de pensarlo? ¿Qué sentido tiene multiplicar el estrés para sufrimientos que precisamente se disparan con el estrés? ¿Puede ser el estrés de una medida terapéutica violenta? ¿Puede ser la violencia terapéutica?

          El TAI no soluciona nada, excepto quizá las cuentas de las industrias farmacéuticas, que tampoco acaban de dar pena, por qué no decirlo. Desde luego a los destinatarios no nos arregla nada, como no sea despertarnos terrores suicidas para defendernos de la indeseable escena de que un día vengan a nuestra casa blandiendo una jeringuilla cargada y no sepamos, en medio de la psicosis, si vienen a matarnos o a convertirnos en mutantes, que para el caso, para algunos casos, es parecido. Dejando a un lado metáforas de pesadilla, que es lo que provoca la idea del TAI a fin de cuentas, entraríamos en el tema de los derechos.

          Si os digo la verdad, no sé muy bien cuáles son las motivaciones de los organismos internacionales (ONU, por ejemplo) para que en el año 2006 hayan decidido que las personas con discapacidad somos tan personas como las otras. No sé por qué entonces y no antes, pero sé que ese año se redactó una Convención Internacional de los Derechos de las personas con Discapacidad, con carácter vinculante, que insta a los estados miembros a adoptar medidas en la dirección del empoderamiento, de la libertad de decisión, de la igualdad efectiva con el resto de personas. Una convención que supone un cambio de paradigma, del modelo médico-rehabilitador al modelo social, basado en la ciudadanía y su ejercicio pleno, basado en el reconocimiento de los derechos de estas personas en igualdad de condiciones que las demás. Vale que este tipo de textos a menudo se quedan, en casos particulares, en mera declaración de buenas intenciones, pero que posteriormente a su redacción y ratificación por parte de los Estados miembros se esté pensando en ignorarla por ley, mediante perversos argumentos que pretenden su violación disfrazada de terapia me parece un insulto a la dignidad de todas las personas para las que se redactó, personas para las que esta Convención supone un rayito de esperanza para tantos siglos de oscurantismo, paternalismo e institucionalización.

          Seguiría escribiendo argumentos contra el TAI, pero me daría la sensación de repetirme. En realidad ya lo estoy haciendo, pero la pedagogía es disciplina lenta, que necesita de la técnica de la repetición para consolidar sus objetivos. Mi objetivo es que quede claro que el TAI no es una medida terapéutica, sino represiva. Represiva de estados mentales que no siempre son tan terribles como se ven desde fuera, pero también represiva de derechos y libertades, represiva de alternativas científicamente progresistas, represiva de los elementos mínimos de cualquier terapia que se precie de serlo, uno de los cuales, si no estoy mal informada, es la alianza terapéutica.

          Aliarse contra el TAI es una buena alianza terapéutica.

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16/12/11

Respuesta de la SECCIÓN de PSICOANÁLISIS de la AEN al TAI


La Sección de psicoanálisis de la AEN se suma a la iniciativa de crear una comisión para el seguimiento de este “incidente” de los Laboratorios Janssen.

Forzar a un tratamiento inyectable, el que sea, es desconocer las vicisitudes de la clínica de un sujeto psicótico, con cuya voluntad y deseo es imprescindible contar. En la práctica cuando a un sujeto-paciente se le somete a un tratamiento forzoso por imperativo legal, el resultado es que éste no acuda a la cita de su tratamiento. Y si lo forzamos con la amenaza de los jueces, la respuesta es la misma. El sujeto sabe con quien se las gasta y una y otra vez desiste. Si no contamos con el consentimiento del paciente jamás habrá penetración en las claves de su “locura”. Y si es así estamos perpetuando la condición de Flic-psiquiatras o psiquiatras policías que ya se denunció en los años setenta.
Vuelven los auspiciadores de la psiquiatría-gendarme, reaparecen los psiquiatras agentes de una justicia imposible de ejecutar ya que la locura de cada uno no es asimilable al discurso ordenancista de los jueces. Los jueces desisten de juzgar lo que es imposible por estructura de entender y en consecuencia juzgar. Por ello recurren a la psiquiatría-política para enderezar a los sujetos-psicóticos que simplemente disienten de los discursos de los amos y expresan con su delirio la verdad de su disidencia.
Por otra parte, toda la consideración para la investigación en el campo de la psiquiatría biológica, pero atención a la Biología que sirve a los intereses espurios y bastardos de las multinacionales de los psicofármacos que engrosan las arcas de sus consejos de administración.
Los psiquiatras no deben jugar el papel de correa de transmisión de los jueces si estos se topan con la imposibilidad de juzgar e intervenir violentamente con un sujeto-paciente. Su lugar no debe ser venir a suplantar el vacío de la justicia y ocupar la impostura de juzgar e intervenir “terapéuticamente” sobre un sujeto que no otorga su consentimiento y rechaza la acción de otro agente del que desconoce su intencionalidad.
Si el sujeto-paciente–psicótico  ha conculcado el orden establecido en la estructura social, y hace imposible la convivencia, sea social o familiar, habría que habilitar Residencias Asistidas donde alojarle y darle un lugar en el que pueda aceptar la intervención de un terapeuta que le respete en su subjetividad y le ofrezca la posibilidad de la escucha de su discurso en el que pueda articular algo de las claves de su singularidad con la que opera para atemperar lo Real que le invade.
La medicación solo puede intervenir como mediador para que el sujeto pueda ceder en su imposibilidad de articular la palabra a su sufrimiento o lo que es lo mismo, articular su palabra a lo real de su goce-sufrimiento en su diálogo con el terapeuta.

Enrique Rivas
Psiquiatra y Psicoanalista (Responsable de la Sección de Psicoanálisis de la AEN)

15/12/11

JERÓNIMO I DE JABUGO


  Era el reino de Jabugo, pequeño y peludo, como el burro de Juan Ramón (Jiménez). Constaba su real censo de 2500 habitantes y muchísimos visitadores médicos, muchísimos pero muchísimos, venidos de reinos aledaños para gozo de propios y acojone de extraños. No se extrañen pues cuando les cuente que era el tal reino un lugar próspero en negocios especulativos. A falta de materia prima, a falta de materia a secas, habíasele dado a los jabuguenses, con Jerónimo I a la cabeza, por sostener la extraña teoría de que abundaban los cerebros enfermos, o enfermedades del cerebro, para las que no se conocía foto de virus, molécula ni organismo vivo alguno que probase su existencia. No constituía esta carencia palpable motivo alguno de contradicción entre los jubilosos jabuguenses, que trabajaban de pluriempleados como publicistas para el rey Jasón (pronúnciese Yansen), propietario de una próspera industria, un poco de capa caída a tenor de los últimos acontecimientos, que entre otros productos fabricaba píldoras de engorde y adormecimiento, cualidades que había logrado reunir, en un alarde de ingeniería industrial, en un sólo producto.

   La reconversión industrial de Jabugo condenaba a sus eméritos habitantes, todos muy cualificados, a desempeñar labores menores de recetaje-exprés, y habíalos quienes comenzaban a pensar en invertir capital humano y no tan humano en empresas de seguridad y orden público. Pero no dejaban de ser planes a largo plazo. Para el goce del instante, para garantizar una supervivencia holgada y una pacífica cohesión social caiga quien caiga estaban a la sazón negociando con Jasón la campaña de distribución del susodicho fármaco/píldora o jamón (la documentación es confusa  a este respecto), para lo cual se organizó un congreso monográfico.

   Las conclusiones del congreso fueron poco menos que sorprendentes, se decidió por unanimidad una petición pública de compra y administración forzosa del producto, hecho de escasos precedentes si no tenemos en cuenta una cierta alarma social a propósito de un modelo de vacuna contra la gripe que finalmente no contó con el suficiente apoyo para su implantación sí o sí.

   A día de hoy, una oleada de indignación contra la agresividad de la campaña publicitaria recorre el espinazo de pequeños pero compactos y bien avenidos reinos adyacentes. La belicosidad del reino de Jabugo en materia publicitaria es proverbial, años de experiencia les avalan. Especializados en la venta de ilusiones clínicas, con profusos manuales publicados en prestigiosos chiringuitos internacionales, se sabe que no se arredran fácilmente. Queda por ver si gozan todavía de la fidelidad de su aval más importante: los clientes potenciales. Una campaña de desprestigio sin precedentes siguió a la presentación del nuevo producto. La competencia, aliada con la clientela, hastiadas ambas de los mecanismos agresivos de Jerónimo y su departamento de recursos humanos, han hecho público su rechazo y amenazan con no enfermar del cerebro nunca más. Actualmente se está realizando un minucioso casting en las agencias de calificación de jabuguenses, con la finalidad de bajar la prima de riesgo hasta límites insostenibles para la supervivencia de los negocios que allí se dan cita, llegando al extremo, si las dolorosas circunstancias lo requieren, de un crack financiero que erradique de una vez por todas el cáncer especulativo.

   Numerosas páginas huevo de todo el mundo están en estos momentos haciéndose eco de la noticia, permanezcan atentos a sus pantallas, siempre será más saludable que hacer turismo en las inmediaciones de Jabugo. Noticias de última hora confirman que su Majestad Jerónimo I tiene problemas para conciliar el sueño expansionista con la obstinada realidad".

Laura Piñeiro
Persona diagnosticada

14/12/11

ANOTA AHÍ... NO TAI

Con el revuelo montado, los ánimos encendidos y los indios gritando Jerónimo todos nos apuntamos al carro de no al TAI. A veces uno se fía de los colegas de siempre, de los camaradas de trinchera y si hace falta de un amigo de un primo de un cuñado que te dijo un día que también era del madrid. Si no al TAI no al TAI, eso tiene mala pinta. Pero claro uno  también se pasea y se codea con los del otro lado e incluso con los que se dejan de lado. Esos miles de  psiquiatras y psicólogos que simplemente trabajan y no tiene mucho tiempo para contemplar lo político de su acción o las vicisitudes de las corrientes de opinión. Y esos me están susurrando al oído, sin malicia ni inquina, oye pero es que yo tengo dos pacientes que les vendría de perlas un pinchazo obligatorio. Y te vas acordando de los fregaos de las trincheras, de las unidades de agudos, de los jueces, de las familias desesperadas y de ese paciente que te vino a decir algo y que al día siguiente se tiró por la ventana. Y por un segundo titubeas, amenazas con cambiar de acera, aunque sea en la oscuridad de la trinchera. Pero no, cojones que no. Sabes de sobra que no hay nada peor que el miedo y la desesperación para tomar una decisión. Sabes de sobra que un psiquiatra no está para legislar, imponer castigos ni torturar síntomas. Seguro que habrá pacientes que se podrían beneficiar de un pinchazo por ley pero el sacrificio político es tal que se tendrán que aguantar. El sacrificio es de tal magnitud que un día obligas a alguien a pincharse y al día siguiente cambias algunos diagnósticos para poderles pinchar también y cuando te quieres dar cuenta estas pensando invadir Portugal a golpe de Depot. Porque  no se trata solo de la dignidad de las psicosis, la elección del sujeto y el goce del sinthome ni son sino de convertir a la psiquiatría en un verdadero sumidero de la libertad. Un agujero  por donde recoger los restos de pedazo de cualquier tipo de convivencia democrática y empezar a TAIar otro monolito de los de siempre. De esos tipo uno, grande y libre. Es decir rígido, inamovible y asesino.

Javier Carreño
Psiquiatra-Psicoanalista. Vigo

13/12/11

NOTA DE PRENSA

          Desde distintas plataformas y asociaciones de usuarios, familiares y profesionales de salud mental queremos expresar nuestro rechazo e indignación hacia las declaraciones del Dr. Jerónimo Sainz, presidente de la Sociedad Española de Psiquiatria, abogando por la implantación de un tratamiento farmacológico involuntario y por orden judicial a aquellas personas que han sido diagnosticadas de trastorno mental.
          Creemos que las principales medidas para garantizar el tratamiento de las personas diagnosticadas de trastorno mental es el desarrollo de Unidades de Salud Mental completas, como establece la Estrategia del Sistema Nacional de Salud, en las que se trabaje desde posiciones que prioricen la escucha, el acompañamiento, la complicidad y aquellos aspectos terapéuticos que favorezcan la inclusión social y la reestructuración identitaria del afectado y su biografía.
          El Tratamiento Ambulatorio Involuntario es un motivo más que pone en evidencia la perpetuación de ciertas medidas coercitivas más propias de lógicas manicomiales -teóricamente superadas- que de abordajes propios del siglo en el que estamos. Pues entendemos que en esta época del individualismo colectivo, más que nunca, el abordaje terapéutico debería reforzar los vínculos, el compromiso y las relaciones que puedan generarse entre los distintos afectados en la evolución de un trastorno mental.
          En esta misiva insistimos en que la aplicación de tratamientos involuntarios generalizados es claramente incompatible con la Convención de la ONU sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, ratificada por España en 2007 y por tanto de obligado cumplimiento en nuestro país.

Raúl Velasco (Radio Nikosia) + La Otra Psiquiatría

ADHESIONES:

ADEMM
FECAFAMM
Comité de ética de FCCSM
AIXEC
SARAU
Radio Nikosia
La Otra Psiquiatria
Fundación EL DRAGO
Plataforma No Gracias

10/12/11

LA DERIVA DE LA PSIQUIATRÍA HACIA LA NADA: EL NAUFRAGIO DE UN SABER


Hay reuniones, tertulias, congresos, simposiums, presentaciones, jornadas y seminarios. Desde otro punto de vista, todas ellas pueden corresponder a casualidades, premeditaciones, afinidades e intersecciones.
Y luego están las otras cosas. Por ejemplo, la coincidencia entre el consejero director de desarrollo de negocio y relaciones institucionales (largo nombre) de un laboratorio farmaceutico y un jefe de servicio de psiquiatría. Son, digamos, dos personas que pasaban por allí y que coinciden. Y, como si de una propiedad emergente se tratase, surgen dos ideas que también coinciden, es decir, el tratamiento ambulatorio involuntario y un novedosísimo tratamiento neuroléptico depot.
          Lo primero es una coincidencia entre dos personas y Rof Carballo le llamaría un encuentro. Yo no me atrevo a tanto aunque sí creo que cuando uno busca, pues encuentra. Lo segundo es una coincidencia mix: entre tratamiento y sentencia judicial, de un lado, y entre un fármaco y una nalga (o un deltoides), de otro. Todo muy dispar, diría yo, a primera vista.
          Bien, en todo caso hay encuentros y coincidencias. Desde ellos surge el mensaje, que viene a ser de tipo redondo porque todo cuadra (obsérvese la disparidad geométrica): los locos no quieren tomar tratamiento, les ponemos una inyección cada dos semanas y asunto resuelto. Luego, claro está, la cosa se adorna. No podía ser de otra manera ya que, de lo contrario, todo parecería demasiada casualidad y a la gente a veces le da por sospechar. Por ejemplo, a tomar la medicina le llamamos “adherencia”. A que el loco diga que no está loco le llamamos “conciencia de enfermedad”. A los locos les aplicamos la estadística y nos sale que entre el 50 y el 70% pasa de las pastillas, perdón, quiero decir, no tienen adherencia. A ponerle la inyección aunque no quiera le llamamos tratamiento ambulatorio involuntario y al tratamiento ambulatorio involuntario le ponemos unas siglas, T.A.I. Y, finalmente, nos queda que un consejero director de desarrollo de negocio y relaciones institucionales de un laboratorio farmaceutico y un jefe de servicio de psiquiatría han tenido un encuentro productivo lo cual no deja de ser una feliz coincidencia.
          Se apagan las luces, se cierran los micrófonos, el acto de presentación de un fármaco llamado Xeplion termina y este final aspira a que nada pueda ser ya dicho porque es un final surgido de un encuentro (afortunado) y una coincidencia (feliz).
          Y sin embargo, esa nada a la que aspira el final de este tipo de discursos es el naufragio de un saber.
          Los pacientes psicóticos niegan con frecuencia estar enfermos. Es, de alguna manera, lo que los hace irreductibles, la esencia misma de la locura. Desde el nacimiento de la psiquiatría esta característica le ha obligado a transitar en el ejercicio de la clínica a través del conflicto, de la dificultad. Pronto aparecieron tensiones entre una tarea custodial el enfermo frente a una tarea terapeutica. O entre las aproximaciones más medicalizadas y aquellas más psicologizadoras. Tensiones entre la dimensión subjetiva de un enfermo y la pretensión objetivizadora de la enfermedad. En definitiva, si la esencia de la locura es que no se reconoce como tal, la esencia de la psiquiatría es la de un saber atravesado por la ética. Por eso, ante la disidencia que plantea el loco a una sociedad democrática, la respuesta que da tal sociedad es un marcador de sus valores. En el fondo lo que estoy afirmando es que una manera de conocer a una sociedad determinada es analizando cómo gestiona y cómo trata aquello que siempre ha sido a lo largo de la historia de ser susceptible del estigma, los prejuicios y la injusticia. La locura y los locos son un tipo de estos marcadores sociales, por mucho que el empeño vaya en sentido contrario, quiero decir, en encontrar un marcador de la locura. La locura es, en sí misma, un marcador.
          El tratamiento ambulatorio involuntario es una exigencia que una sociedad hace amparada en el sistema judicial a los locos: que se mediquen. Es una exigencia planteada a personas de las que se dice que no tienen conciencia de enfermedad y razonada por el sufrimiento que las psicosis generan tanto a los pacientes como a sus familias. Y es una exigencia realizada argumentando que la medicación cura este tipo de enfermedades. Este tipo de mensajes pasan de puntillas por dos cuestiones de gran calado, la del sufrimiento y la de la cura y por ello parece permisible hablar de exigencia. Son dos aspectos problemáticos y supongo que opinables. Sin embargo, lo que no es opinable es el incumplimiento sistemático por parte de la administración sanitaria de los sucesivos planes y proyectos relacionados con la salud mental. Tampoco es opinable que la psiquiatría siempre ha estado en una situación de inferioridad respecto a otros problemas de salud y que, desgraciadamente, la dejadez y la desidia han sido demasiado frecuentes. Creo que no es opinable (porque forma parte del saber de la psiquiatría) que existen intervenciones de tipo psicosocial que son eficaces en la aproximación a la locura. Y que casi todos los libros, hasta los que firman los jefes de servicio de psiquiatría que tienen encuentros y coincidencias con los consejeros directores de desarrollo de negocio y relaciones institucionales, dedican un capítulo  o unos párrafos a las mismas. Este tipo de intervenciones alivian el sufrimiento y estabilizan la locura. En mi opinión, cuando se implementan de una manera adecuada, dicen también cosas de la sociedad y de sus gobernantes. Por ejemplo, dicen, que aunque sean costosas, los sistemas públicos de salud han estado dispuestos a cubrir las necesidades de las personas. También dicen que los atajos en este tipo de cuestiones no deben ser la norma y menos si hay aspectos éticos en juego. Por el contrario, si una sociedad gestiona la locura únicamente obligando a una medicación y otorgando una paga, mientras afirma que este es el remedio para curar a los pacientes y mitigar el sufrimiento, lo que inicia es un viaje hacia la nada.
          O, en otras palabras, el tránsito a través de una gran mentira, aquella que estipula que entre la psicosis y la imposición judicial de un fármaco no existe ninguna alternativa. Y que, por ello, nada (excepto una jeringuilla y un algodón) se le puede exigir a la administración sanitaria en el trato con el loco.

Ramón Area. Psiquiatra en el Hospital de Conxo (Santiago)